EsplaDesde siempre he pensado que ser taurino es una forma de ir por la vida. Como cualquier otra. Pero realmente especial. Mágica. Un poco bohemia tal vez.

Se que la palabra taurino en ocasiones tiene asociadas unas tal vez no demasiado buenas connotaciones: golfos, fiesteros, informales, nocturnos…..y los que no lo son o lo que los que se oponen a ello tienen ahí un buen filón para estigmatizar a todos los q amamos la fiesta de los toros.

Pero yo me opongo abiertamente a esta visión ignorante de la Tauromaquia. De hecho creo que los toros y todo lo que engloban son una forma de vida y una representación de la misma.

Todo lo que ocurre en una plaza de toros desde que amanece hasta que se pone el sol puede ser una metáfora de la misma. Con una representación mayor que ocurre a eso de media tarde que es “la corrida”, como la llaman los franceses, que es la el acto final y supremo de la cría del toro, entrenamiento del torero e ilusión dela afición, en la que se engloban diferentes capítulos como pueden ser el fracaso o su antagónica que es el triunfo, el rito, el sacrificio, la liturgia, la lidia, el toreo, la muerte….y todo ello teñido de un aura de misterio y de incertidumbre. Nunca nadie sabe lo que va a pasar al instante siguiente. A diferencia de una obra teatral la función de hoy acá nada tiene que ver con la de mañana allá. Aunque sean los mismo actores con los mismos colaboradores. Esto es así. Y así tiene que seguir siendo.

Vivir en taurino es tener siempre una puerta abierta en algún lugar del mundo de los toros. Es acercarse a plazas en cualquier lugar y saber que en pocas palabras vas a poder hacer un amigo nuevo con quien compartir un buen vino. Y así se viven las 24 horas de día. Allá donde te acerques por muy alejado que estés de tu centro de vida siempre vas con un sexto sentido identificando a quien le apasionan estos rituales.

Esto es identificar todo con los toros. Cuándo escuchas una opera sabes que es de toros aunque no seas melómano. Al ver una exposición de pintura te fijas en los cuadros que tienen que ver con los toros y al leer libros terminas leyendo los de los Tauromaquia. El caso es que allá donde vayas todo lo relacionas con los toros. Si vas por el campo y ves una finca de encinas no puedes dejar de imaginar que podría estar poblada por los descendientes del uro salvaje.

Si estás en un bar y ves a Sabina nunca se te ocurriría preguntarle por “19 días y 500 noches” si no que le soltarías un “¿usted es amigo de José Tomás no?”. Y así transcurren los días en el mundo de los toros. O en el que le rodea y les alimenta que es el de los aficionados.

Incluso hay toreros que viven en toreros. Últimamente no lo son todos la verdad. Unos porque no están preparados para ello y otros porque no lo quieren estar y prefieren las revistas rosas y los platós de televisión a llegar a ser algo en su profesión. Pero ni que decir tiene que todavía hay muchos que si que sienten su profesión como algo único y diferente. Como una forma de ir por la vida al igual que los aficionados. Pero más allá todavía pues los primeros se entrenan a diario para ser los protagonistas junto con el toro de esas representaciones. Y se preparan en todo momento y a toda hora. Y es que el que quiere ser torero no le vale con serlo sino que también hay que parecerlo. Hay que andar como torero o fumarse un puro como tal.

Y finalizando estas líneas no puedo dejar de decir que ayer por la tarde en la plaza de Las Ventas ocurrió algo inesperado y mágico. Y es que un TORERO de los de antaño resumió lo que ha sido su vida taurina ante un toro bravo que le permitió expresarse. Y ahí estaban toro, torero y afición en una comunión colectiva y mágica. Una representación inesperada de la vida. De la vida de un torero por supuesto. ¡Enhorabuena maestro!

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